brisas cuenteras I

Aeropuerto.

Ahora, el suplicio de la llegada, ¿cuánto demorará el equipaje, cuánto me cobrarán, cuánta cola habrá? Pienso. Salí cómo bala del avión, sentada en el primer asiento, no de primera, por supuesto, pude salir casi de las primeras y ese viento caliente que te golpea y te dice, llegaste al trópico, a la isla que tanto amas, cualquier mes que sea.

Migración, oh¡¡ han remodelado todo, se ve desde la autoridad hacia atrás, dejó de ser un cubículo con una puerta y un timbre que te hacía sumergirte a un lugar desconocido, como un túnel del tiempo, quizás de la incertidumbre, la libertad -si sales-….pero ya no es así. Ahora con la reforma migratoria, también cambiaron el aeropuerto, puedes ver detrás del funcionario de migración, lo que pasa detrás de él, cuando entras, cuando sales, interesante cambio, nuevos presagios. Perdón, esto es muy local.

Diez, quince, veinte minutos esperando maletas, aún no sale la mía, le marcarán alimentos, ¿es que no saben que tengo un sobrino que nació con quesadillas en su haber?, tortillas y queso Oaxaca no pueden faltar para ir a la isla. Mientras espero, voy a buscar un carrito, hace mucho valían un dólar y nadie los usaba, en ningún aeropuerto del mundo cobran el carrito de carga, alguien se dio cuenta que se morían de herrumbre, nadie los tomaba y los liberaron, como la reforma migratoria y la remodelación del aeropuerto. Mientras camino, me llaman, psss, psss, psss, señora, -uhmmm ya nadie me dice muchacha-, es la segunda edad, no hay opción. Mire, la llaman, un chico de Aduana detrás de mí me llamaba con voz imperativa y delante de mí, tres chicas, aduaneras, apelando a toda la autoridad me indican que atienda el llamado, y digo, voy por un carrito¡, que no, que tiene que atenderlo, que debe ir a verlo, en fin, empieza mi rebelión contra la autoridad. (Paréntesis) Tengo un problema serio con la autoridad, no me gusta que me manden, no me gusta obedecer, no sin razones, y el tema es grave. Me volteo, con mala cara y diciendo-pensando, que chin…..quiere este chico, llego casi a él y con voz de regaño me dice, -¿Usted no traía un abrigo negro?, venga conmigo. Miro mi eterna bolsa de viaje, el estuche de mi compañera nikon que sólo me acompaña en los viajes pues todo cabe dentro de ella, uhmmm, pues sí, dejé mi abrigo en el paso de aduana. Vamos caminando, lo toma de una torre de madera que hace de estuche, que al parecer ponen todo lo perdido. Me lo da y sonríe, le doy las gracias, es joven, mucho. Le cuento que pensé que había hecho algo malo con ese tono imperativo y andaba ya refunfuñando, se sonríe nuevamente, y le digo, -con esos tonos, cualquiera se asusta-. Y es que sí, hace mucho hablo mexica, más o menos pausada, al menos para los de esa isla, y allá te hablan golpeado, como dicen acá, casi te regañan, pero lleva la rudeza honestidad, poder y cierta libertad de cuerpo, y sólo para devolverme el abrigo olvidado.

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