brisas cuenteras II

Piropos

Yo creo que es el mar, la brisa, el calor.

La ligereza de la vida ante la adversidad es algo que siempre me ha asombrado de los que viven en la isla. Problemas muchos, quizás menores ante este mundo, -quizás no- pero tan cotidianamente continuos –tautología total pero no menos verdadera por reiterativa- que provoca cansancio, frustración, resignación.
Ante esto, la liviandad se mece como el viento del mar que baña la ciudad, o al menos la parte que es mía y no es de propiedad, sino de identidad. La levedad pasa de las palabras al regocijo, al sentir, a la sensualidad, por eso hablaré de piropos.
Amigas feministas presentan cruzadas contra los piropos por estas tierras, por machistas, misóginos….
Ante cada caminata habanera, mi sonrisa se perpetúa ante la melaza y no es de caña, ante tanta curiosa inventiva, es como si la escasez no tuviera cabida en la imaginación, pero no de creación artística sino la de piropear a cualquiera que pase entre tonos calmos y vida efímera.

I
Esperando por un servicio en una seudo plaza comercial -era hora de almuerzo-, caminaba por sus tiendas de precios decadentes, no por menores, sino por irracionales ante tanto producto sin sentido. Un chico, joven, muy joven, campanea su mirada por todo mi cuerpo, yo fresca, él cargando mercancía, le miro, y dice, qué tenga una muy buena tarde, sonríe, a lo cual correspondo y sigo camino balanceándome ante tanta mirada satisfecha. Termino mis andanzas, y salgo de la tienda, es cerca de las tres pm, hora de comer para mis costumbres mexicas. Veo pasteles –de hojaldre rellenos de guayaba-, creo que deberían ponerlos como parte del patrimonio alimenticio de la isla, los conozco desde que tengo uso de razón y no los he probado igual en ningún lugar. Le hago una pregunta retórica al vendedor, otro joven, nada, para ver que respondía, ¿tienen bastante guayaba? Me dice, claro mami, suficiente pero no bastante, pruébalos¡ y me dices, si te gustan, te regalo uno. Su sonrisa perenne en todo el rostro se queda satisfecho ante su propia melodía. Bastante pero no suficiente…no he visto discurso de mayor convencimiento, podría hacer hasta política y tod@s contentos.

II
Quién llegue a la habana y no camine ese malecón desnudo pierde la mitad del misticismo de esa ciudad museo, rodante, arquitectónica y políticamente. Aprovechando el ocio, el sol y la brisa, camino con mi atuendo de ejercicios con todo el empeño de sudar, bañarme de sol pero también de gentes. De pronto: Oye, chica, mira¡¡, volteo. ¿Quieres hacer ejercicios conmigo?, Vuelvo a sonreír. Sigo caminando.
Y remata, mira, conmigo vas a hacer ejercicios de verdad, y te vas a divertir. Surge la risa.
Mis pensamientos ríen ante la ocurrencia y pasaron de allí a la sensualidad.
Este es el piropo que pasa por la mirada, recorre el cuerpo, halaga la mente y termina en el sexo. Cuándo se hace el amor en el trópico puedes sudar a mares y envolverte en un charco de pechos amelcochados, barbillas goteando pero de seguro, tod@s divertidoas.

III
Saliendo de un estacionamiento público. Todo el espacio en esta ciudad es público pero hay chicos-viejos ocupándolos y haciendo como que trabajan para organizar parqueos que no existen. Es una ciudad donde encuentras espacio en cualquier rincón, no hay carros, no hay gasolina barata, lo que hace que todavía el aire sea salitroso, ligero, nada metálico.
Reviso, sólo tengo cinco pesos, no tengo menudo-monedas, le digo, te lo cambio, dame tres, regularmente se paga uno. Mira en su bolso-canguro lleno de monedas y billetes que parece sonajero, y me dice, no tengo. Le digo, ok, dame dos. Responde, no, mi vida, no tengo, no te preocupes, lo tuyo se lo saco a otro, de verdad. Dale mami, linda, sale, no hay problemas.
Vuelvo a reír ante su gracia.

No sé si los piropos son machistas pero el cuerpo se regocija y la vida se hace cálida, ligera. Ojalá no se pierda el frescor entre tanto cambio y globalismo que se localiza.

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